ENSAYO
DE LA CRÓNICA DE FÚTBOL COMO UNA DE LAS BELLAS LETRAS
DE LA CRÓNICA DE FÚTBOL COMO UNA DE LAS BELLAS LETRAS
Por: Marcelo Báez Meza
«El fútbol es lo más importante de las
cosas sin importancia», escribió Jorge Valdano, jugador argentino
muy conocido por sus dotes literarias al que hemos convocado para abrir este
partido en el que juega por un lado la crónica y por el otro la literatura.
El fútbol le ha regalado al lenguaje
cotidiano una serie de términos que hoy son de entendimiento universal: córner,
penalti, saque de meta, foul, centro forward, back central, saque de banda…
Pero también se le agradece al balompié frases con cierto matiz lírico como las
siguientes: la pelota infla las redes o
besa la línea de meta, se la metieron en el rincón de las ánimas o donde crecen las arañas, el cancerbero
atajó el balón que iba camino a las redes.
La poderosa imagen del can de tres cabezas
nos lleva a toda una terminología que usa recursos metafóricos de connotaciones
belicistas. El cañonazo que rompe las
redes. Tal jugador se prepara para fusilar al arquero. El rival es el enemigo.
El director técnico es un general. El cuerpo técnico son los lugartenientes. La
oncena es el ejército. En resumen, figuras literarias al servicio de un juego
de pelota. Y el esférico una metáfora del orbe, del globo, o si se quiere ir
más lejos, del sol.
En este ensayo intentaremos explicar por
qué el fútbol atrae a escritores como Kenzaburo Oé, Roberto
Fontanorrosa, Camilo José Cela, Alfredo Bryce Echenique, Rafael Alberti,
Roberto Bolaño, Miguel Delibes, Fernando Alegría, Mario Benedetti, Naguib
Mahfouz, Horacio Quiroga, Borges, Bioy Casares, Vladimir Nabokov, Augusto Roa
Bastos, Ernesto Sábato, Umberto Eco y Ryszard Kapuscinski, entre tantos otros.
No hablaremos de ninguno de los autores acabados de nombrar. Proponemos un
brevísimo recorrido por los siguientes nombres: dos españoles: Manuel Vásquez
Montalván y Javier Marías; un argentino: Jorge Valdano; un inglés: Alistair
McLead; un mexicano, Juan Villoro; y dos sudamericanos: Osvaldo Soriano y
Eduardo Galeano. Ese trayecto termina con el estudio a fondo de los casos de
Galo Mora Witt y Esteban Michelena con sus respectivos libros sobre fútbol.
Fue Mario Vargas Llosa quien dijo que la crónica de fútbol debía ser
considerada como un género literario. Al Premio Nobel de Literatura le llamaba
la atención la forma de hablar de ciertos relatores deportivos. Ponderaba en un
narrador radial la forma en que calificaba a Jean Marie Paff, arquero de la
selección belga. «Tiene mirada de agrimensor», asegura el peruano haber
escuchado y añade que el apellido del guardameta parece la onomatopeya de una
cachetada: Paff.
El compilador de estos apuntes sobre fútbol y literatura asevera haber
escuchado de un narrador mexicano la siguiente perla literaria: «La pelota
dibuja un signo taquigráfico en la eternidad para irse a las piolas», a
propósito de un gol del brasileño Nelinho en el mundial del 78. Lo que sí
omitiremos son las parrafadas de Roberto Bonafont, comentarista local, que no
siempre son felices.
Vargas Llosa, socio honorario del Universitario de Deportes, también ha
firmado que «el fútbol es una religión laica; antes, solo las religiones
convocaban esa especie de manifestación irracional, colectiva; hoy en día, eso
que antes era prototípico de la religión es la religión laica de nuestro
tiempo». El escritor español Manuel Vásquez Montalván también piensa que el
fútbol tiene un gran culto global. Por esta razón reúne sus crónicas de fútbol
bajo el título Una religión en busca de un dios. El novelista mexicano Juan Villoro va por
el mismo camino cuando titula a su selección de artículos sobre fútbol con el
título de Dios es redondo. ¿En qué se parece el fútbol a Dios?, pregunta
Galeano y él mismo se responde: «En la devoción que le tienen muchos creyentes
y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales».
Haciendo un poco de historia, buceando en los anales de la literatura
tenemos a William Shakespeare y La comedia de las equivocaciones donde
hace que el criado Dromio se queje a su señora Adriana de esta forma: «¿Por
hablar sin tantas vueltas me pateas como si fuera un balón de fútbol? Tú me
lanzas de acá para allá y él me lanza de allá para acá. Si sigo sirviéndolos,
me tendrán que forrar en cuero». Años después acuñó en El rey Lear el
siguiente diálogo:
OSVALD.- No permito que
nadie me pegue, señor.
KENT.- (echándole la
zancadilla y tirándolo al suelo). Ni que te echen la zancadilla, mal jugador de
fútbol.
Estos comentarios peyorativos de
Shakespeare se basan en el hecho de que el fútbol en un primer momento
histórico incluía entretenimientos para plebeyos y campesinos en contraposición
con los divertimentos de los nobles y aristócratas que preferían usar el
caballo en un juego que luego se conocería como polo.
Albert Camus, quien llegó a ser arquero del Racing Universitario de Argel,
afirmaba lo siguiente en un artículo:
…después de muchos años
en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la
larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al
fútbol.
Inusual declaración de un filósofo individualista que creía en un juego
colectivo como el balompié. La tuberculosis, que lo atacó a los diecisiete
años, le impidió jugar en el fútbol profesional que era una de sus grandes
aspiraciones.
Eduardo Galeano es el que mejor ha literaturizado el fútbol en Sudamérica.
Su libro publicado en 1995 se erige como un catálogo totalizador de los temas
más importantes del llamado deporte rey. A ratos parece un conjunto de poemas
en prosa sobre jugadores, mundiales, goles de partidos específicos. De Romario
apunta la siguiente prosopopeya: «Venido desde quién sabe qué región del aire,
el tigre aparece, pega su zarpazo y se esfuma». Para Maradona usa un juego de
palabras: «Jugó, venció, meó, perdió». Para hablar de Garrincha usa más figuras
literarias: «Cuando él estaba allí, el campo de juego era un picadero de circo,
la pelota un bicho amaestrado, el partido, una invitación a la fiesta».
La furia española:
Marías y Montalván
En España brillan dos nombres importantes: Manuel Vásquez Montalván y
Javier Marías.
Este último eximio novelista ganador del Rómulo Gallegos con Mañana en la batalla piensa en mí. En su
libro Salvajes y sentimentales reúne
sus textos sobre fútbol cuyo rito dominical es llamado «la recuperación semanal
de la infancia». Aparte de los recursos poéticos el estilo de Marías es único
en la crónica futbolera por tener un humor centelleante y un desparpajo sin
anestesia. Aquí van algunas joyas.
La patética avioneta en la que incurre Romario a veces
(…)
El nigeriano Yekini entonando cánticos con los brazos
a través de la red que acaba de perforar, como si fuera un preso anhelando la
libertad más allá de las cejas (como nos descuidemos, Benetton nos hará un
anuncio con eso).
No hablemos del mexicano Campos, vestido de
Superratón, ni del paraguayo Chilavert, con su cabeza de matón en la otra
puerta, ni de aquel Higuita colombiano salido de Los tres mosqueteros.
El actual portero francés, Barthez, invita a vejarlo.
Y lo peor no es su calva estudiada, ni su perilla milimetrada, ni su estilo
aspaventoso. Lo peor es ese jersey de manga corta y volátil que se gasta.
Parece un existencialista de verano y chiste, bufón o esbirro de aquel ente de
invierno, Beauvoir-Sartre.
(Ronaldo) no es inteligente; o quizá no piensa, sólo
actúa, y sin saber esperar. Sólo los papanatas lo pueden comparar con Di
Stéfano, Pelé, Cruyff o Maradona. O con Van Basten. O hasta con Romario (…)
La militancia de hincha del Real Madrid es tan exagerada a veces en Marías
que se permite escribir de manera salvaje y sentimental contra el director
técnico José Mourinho. Prueba de esto es el siguiente extracto de «Un chamán de
feria» que publicó Marías en El País el 15 de mayo del 2011:
Un individuo que no sabe de fútbol y al que el Madrid
le trae sin cuidado, que no tiene reparo en traicionar su centenaria tradición
y en arrojar sobre él una mancha que se hará difícil borrar. Su Madrid es un
equipo con buenos jugadores a los que manda jugar feo y mal; con excelentes
atacantes a los que, en los partidos cruciales, no permite atacar; con
futbolistas honrados -la mayoría- a los que obliga a comportarse deshonesta o
brutalmente en el césped, como si estuvieran en los más broncos Sevilla,
Valencia o Atlético de Madrid de sus respectivas historias (…)
El 17 de octubre de 2010 ya había arrojado contra el entrenador portugués
una serie de dardos. El título de la columna lleva por título «El triste que lo
contamina todo».
(…) es triste, casi cenizo (…) Que se pueda considerar
“glamuroso” a Mourinho rebasa los límites de mi comprensión. Un hombre con un
sempiterno gesto agrio y un injustificado desdén en la mirada; de una
personalidad tan gris como sus feos trajes (en España se cree, extrañamente,
que mostrarse avinagrado equivale a poseer una “personalidad fuerte”); que
ansía la notoriedad y se complace en ella como si fuera un acomplejado o el
jurado malasombra de todo concurso televisivo. Todo eso hace de él una figura
deprimente y triste y poco inteligente, y lo peor es que esos atributos se los
contagia a los jugadores.
En su libro Marías, que es hincha del Real Madrid, menciona en algunas
ocasiones a Manuel Vásquez Montalván, que es hincha del Barcelona. Esto nos
obliga a ir a otro libro español.
Fútbol: una religión en
busca de Dios son 108 textos que oscilan entre la crónica y el ensayo. El libro contiene
un recuento histórico de la rivalidad entre el Barcelona y el Real Madrid. Una
sección completa la dedica al equipo azul grana, otro bloque va por el equipo
blanco y una tercera parte se concentra a los enfrentamientos clásicos entre ambos
grupos. Retratos más que logrados son los que se leen en las primeras páginas
en las que encontramos a Maradona, Ronaldo, Ronaldinho y Beckham.
Ariel y Calibán
El caso del poeta Alistair Reid (Escocia, 1926) es importante como ejemplo
en lengua inglesa. Colaborador asiduo del New Yorker y The New York Review of
Books, traductor de Borges, Neruda y Mutis, tiene un libro titulado Ariel y Calibán publicado en 1994. Se
trata de crónicas sobre los mundiales de Inglaterra 66, México 70, Alemania 74,
Argentina 78, España 82 y México 86. «Yo amo el fútbol», escribe el poeta,
«tanto jugarlo como observarlo –su ausencia de adornos, su elegancia formal,
ese éxtasis tipo zen que ocasionalmente provoca-, e incluso el estridente ir y
venir de ese juego en el lote vacío lograba trascender el polvoriento
escenario». Aquí van unas cuantas perlas de este poeta escocés. De Gerson, estrella brasileña de México 70, dice
lo siguiente: «un jugador grueso y un poco calvo que controlaba la mitad del
campo y a quien sus compañeros le pasaban la pelota como si fuese una ofrenda».
De los porteros dice que «son los solistas del fútbol». Sobre el amontonamiento
de gente en la cancha cuando el árbitro pita la conclusión de la final Brasil
versus Italia en México 70: «Era difícil distinguir a los jugadores y temimos
que algunos de ellos hubiesen sido secuestrados como recuerdos (…) La multitud
se deshizo entre la lluvia, sin saber muy bien qué hacer consigo misma».
Jorge Valdano, el futbolista-escritor
Si el escritor Marías es hijo del filósofo Julián Marías, es inevitable traer
a colación al argentino Jorge Valdano, apodado el Filósofo del fútbol que se
desempeñó como director deportivo del Real Madrid hasta que fue expulsado por
Mourinho. Estamos ante un caso sui géneris en el que la literatura nace del
vientre del fútbol: un jugador que funge de escritor aunque él lo niegue cada
vez que puede. En una entrevista que le hace Juan Villoro apunta lo siguiente:
El verdadero intelectual se dedica al pensamiento, no
al fútbol. Yo he estado siempre en el mundo del fútbol y por eso me siento con
derecho a hablar del tema, pero no tengo derecho a considerarme un intelectual,
un psicoanalista o un catedrático. Tampoco un poeta, como se dice por ahí para
acusarme.
Villoro le recuerda que una pancarta en el estadio decía «Fuera, filósofo».
A lo que Valdano contesta:
Imagínate lo que debe haber pensado algún filósofo de
verdad que tal vez estaba entre los cien mil espectadores.
Valdano se especializa por su ingenio, su
agudeza y la descomunal capacidad que tiene para dejar frases tan contundentes
y de gran belleza. Jorge Herralde, director editorial del sello que lleva su
apellido, solía decir (esto lo cita Villoro) que el argentino «habla como si ya
lo hubieran editado». Entre las mejores frases de Valdano cogidas al azar de
sus declaraciones ante cámaras de televisión están las siguientes: «Jugar contra un equipo que se defiende es como
hacer el amor con un árbol». «Romario es un jugador de dibujos animados», «Hago esfuerzos para no compararlo con Maradona,
pero Messi no ayuda».
De su libro Los cuadernos de Valdano
hemos recogido las siguientes perlas.
Leer un libro no sirve para jugar mejor al
fútbol ni jugar un partido sirve para hacer mejor literatura.
Sobre un partido del Liverpool comenta que le gustó tanto que le dejó una
sonrisa que duró noventa minutos.
A Zinedine Zidane lo llama un «falso lento» en un retrato memorable.
Grandote y pesado, parecía poco apto para la
electricidad descerebrada del nuevo fútbol. La pregunta era cómo haría un
elefante para moverse en un terrenito poblado por una fauna voraz y un poco
histérica; la respuesta es simple y vieja: pensando antes que los demás. Hay un
tipo de jugador que siempre está donde debe, que siempre lleva un movimiento de
ventaja, que siempre resuelve con simplicidad; que siempre, en definitiva,
encuentra la solución antes de que llegue el problema. La aparente lentitud es
una mentira del cuerpo, el disfraz que usan los que tienen la velocidad
escondida en la inteligencia.
El caso Villoro
En México, otro novelista tan serio como Marías e hijo de un español,
escribe sobre fútbol. Su libro se titula Dios
es redondo. En las primeras páginas habla sobre el equipo Necaxa y se
produce un pincelazo poético sobre Álex Aguinaga: «ese gladiador cansado que
respiraba con la boca abierta, arrastró a los suyos a un título en el que ya
nadie creía».
El libro de Villoro tiene dos crónicas valiosas sobre mundiales de fútbol:
una sobre el de Francia 98 y otra sobre el de Corea-Japón 2002. Una
conversación en dos tiempos con Jorge Valdano: una en Madrid y otra en México.
Contiene además un análisis sobre la liga española y tres textos cobijados bajo
el título de «Vida, muerte y resurrección de Diego Armando Maradona».
El caso Soriano
En Argentina está el caso de Osvaldo Soriano quien en su libro Piratas, fantasmas y dinosaurios tiene
nueve narraciones agrupadas bajo el título «Goles a favor, goles en contra».
Los textos de Soriano destacan por dar voz a los héroes locales, a esos
jugadores desconocidos de equipos pequeños del mar del Plata.
En boca de Peregrino Fernández, Soriano hace una analogía entre fútbol y
vida:
Había pensado en un manual que traslade las enseñanzas
del fútbol a la vida de todos los días, pero no sé si podrá ser. En algunos
países mojigatos la gente vive colgada del travesaño; en los pretenciosos se
adelantan tanto que terminan apuñalados de contragolpe.
LAS DOS M DE ECUADOR: MORA
Y MICHELENA
En Ecuador hay dos nombres fundamentales en la crónica de fútbol: Galo Mora
Witt con Un pájaro redondo para jugar (2002) y Pase al vacío (2010) de Esteban
Michelena. El primero proviene de la música popular, con estudios de
Literatura, Derecho y Antropología. El segundo es un cronista empedernido,
ganador de tres Premios Jorge Mantilla Ortega, el máximo galardón periodístico
de nuestro país.
UN
PÁJARO REDONDO PARA JUGAR
Un pájaro redondo para jugar de 287 páginas de Galo Mora Witt (Loja,
1957). 22 textos, 111 notas a pie de
página, 100 fuentes bibliográficas consultadas, un centenar de citas de gran
riqueza literaria y futbolística, hacen de este libro una monografía sobre ese
«pájaro redondo para jugar».
Viñetas biográficas abundan en este libro. Una
fotografía de Alberto Spencer en una peluquería da pie para hacer un recuento
de la vida de Cabeza Mágica, como se le apodaba al ex jugador de Peñarol. En la
crónica titulada Usted no es nada, ya no es usted se da vida a Garrincha. En
otra se narran los momentos estelares de la carrera de Alfredo di Stéfano. Adelante
Universidad es un canto de admiración a Polo Carrera, el único ecuatoriano que
aparece en la Revista Calcio entre los mejores jugadores del siglo XX. Morir en
Budapest es una nota necrológica de Ferenc Puskas, gran jugador de mundiales.
Otro obituario, esta vez de tipo colectivo, se da en honor del equipo Alianza
Lima en el texto titulado Alianza en el mar. En Vinicius y Pelé se hace un inteligente
contrapunto entre el poeta De Moraes y el diez de la selección brasileña.
África nuestra es una etnografía en la que se
analiza in situ la problemática del fútbol de ese continente.
La hora radial constituye una mirada nostálgica
a los narradores radiofónicos de partidos de fútbol.
Muchos narradores
deportivos son capaces de crear los Glíglicos con los que Cortázar nos
deslumbró en Rayuela. No hay, por cierto, ninguna intencionalidad literaria.
Sucede, simplemente, que al remendar y arracimar vocablos, se tejen
composiciones irracionales, salvando a algunos cronistas pasionales de estos y
otros lares. Aquella obsesión por estar al frente de la noticia, al lado del
goleador, con crispados nervios, ha llevado a algunos locutores a convertirse
en auténticos voceros de sucesos que a nadie importan.
En este mismo texto se refiere la siguiente
anécdota sobre el comentarista radial Carlos Efraín Machado.
Un cantante, bastante
maltratado por el consumo de la cocaína, había sido invitado para participar en
una celebración de aniversario de la Nueva Emisora Central. Dedicó uno de los
temas musicales al público y visiblemente desubicado dijo, con supuesta
certitud: “La canción que ahora les ofrezco se llama Cantares, con música de
Joan Manuel Serrat y letra del poeta Machado... de Carlos Efraín Machado.
La máquina etimológica del escritor lojano
abunda en lo didáctico. Por ejemplo aquello de que el vocablo cancha
proviene del quichua y significa «campo, espacio abierto». En el capítulo V, «Di Stéfano y la abuela»
conocemos el origen de la palabra atorrante. Los inmigrantes europeos que
llegaban a Buenos Aires se escondían o dormían en unos grandes tubos destinados
a la construcción de cañerías. Los tubos en cuestión tenían una inscripción del
catalán que los fabricaba: A. Torrant. «Cuando los hijos de la diáspora
llegaban a pedir trabajo, los capataces decían: éste es un A. Torrant».
Mora cita a Simón Espinosa en el capítulo XX,
«Los poetas del gol», un homenaje a José Joaquín de Olmedo y el fútbol, a
propósito de la victoria del Olmedo sobre un equipo de Bolivia: «El cuatro a
uno que en fragor revienta/ y sordo retumbando se dilata/ Por la inflamada
esfera/Al Dios anuncia que en la grama impera....»
A través del libro desfilan viñetas de Pelé,
Alberto Spencer, Garrincha, Vavá, Vinicius de Moraes, Puskas, Polo Carrera...
Pero el capítulo que mejor une literatura con fútbol es el XVI, «El día que Maradona
conoció a Borges», que narra un encuentro apócrifo, en Ginebra, entre los dos
grandes dioses de la cultura argentina. Asombra el alarde con el que Mora
utiliza material intertextual haciendo dudar hasta el lector más ducho sobre si
dicho encuentro se concretó o no. Lo que importa es que dentro del libro dicha
entrevista entre Borges y Maradona sí se dio.
Otra crónica literaria de gran valía es la
titulada «Vladimir Nabokov: El arquero que atrapaba mariposas». Retrato de un
aspecto poco conocido del autor de Lolita.
Dentro de esta misma línea letrada tenemos tres
textos: Auxilio, intelectuales, un largo inventario de los nombres más
importantes que han escrito sobre el esférico; el extenso ensayo Los poetas del
gol que disecciona la lírica dedicada al tema del fútbol; y el texto La
residencia de estudiantes que describe un partido en el que Salvador Dalí era
guardameta mientras Lorca dirigía las barras.
No se puede dejar de mencionar Goles de película,
lectura obligada de cualquier cinéfilo ya que bosqueja una historiografía de
los filmes cuyo tema es el balompié. Y por último Goles cantados que aúna
música popular con todo lo relativo al esférico. Se incluye el cancionero como
complemento.
PASE
AL VACÍO
Pase al vacío de Esteban Michelena (Quito, 1963) está estructurado en tres partes
que arrojan un total de 326 páginas. La primera se titula igual que el libro y
está conformada por 23 textos donde abundan las entrevistas, los perfiles de
jugadores, técnicos, dirigentes; la segunda parte, Calle luna, calle
sol, consta de 14 textos en el que se incluyen perfiles de músicos o
cantantes y Mi barrio es el mundo que ostenta 10 artículos
donde se dan cita exponentes de las artes visuales como Sebastián Cordero, Peky
Andino y Carlos Valencia.
La primera parte contiene los textos más importantes, sobre todo porque han
sido validados por diversos premios periodísticos. «Animal de graderío», por
ejemplo, que ganó la edición 2007 del concurso Jorge Mantilla Ortega, es un
retrato del hincha que asiste al estadio.
Y, bien mandado, un
francotirador –de naranjas- castigaba al malcriado con un cinematográfico
pepazo que, al grito de «sombrero, carajo» y tras derribar la prenda dibujando
cabriolas en el aire, se celebraba con una retenida risotada. En verdad, siempre
había un incauto que proveía, a toda la General, de insuperables momentos de
sano esparcimiento. Y cuando algunito se atrevía a reclamar… No sé. No sé…
¡Fuente ovejuna futbolera!
Pase al vacío es un catálogo completo
sobre temas futbolísticos. A continuación algunos de ellos: la violencia de las
barras bravas: el asesinato de un joven hincha de El Nacional a manos de la
Muerte Blanca. El dilema de si el futbolista debe o no hacer el amor antes de
un partido en una pieza de antología titulada «Follar o no follar». Una
entrevista a la vendedora de guatitas del estadio. Las formas de cobrar un tiro
penalti. Una entrevista al Che Pérez, jefe de la Boca del Pozo. Un análisis de
las canteras futbolísticas en un texto muy logrado que se titula «El blues de
los que empiezan».
El valor agregado de la obra de Michelena es el conjunto de entrevistados
que incluye nombres como los de Celia Cruz, Joaquín Sabina, Juan Gabriel,
Héctor Napolitano y Gerardo Mejía. Es como si fueran jugadores de esa otra
cancha que se llama escenario, artistas convocados por Michelena para un
partido festivo.
CONTRAPUNTO DE LOS DOS
M.
1.- El fútbol no es un arte, pero contiene
elementos artísticos provenientes del teatro, del ballet y de juegos
estratégicos como el ajedrez.
«Si el fútbol no es un arte, se
le parece mucho», escribe Javier Marías. «Y en el arte nada cuentan el esfuerzo
ni la buena voluntad». Inquirido sobre esta conclusión entrevistamos a Esteban
Michelena quien afirma percibir, sentir y vivir el fútbol como un arte efímero
donde imperan el orden, la armonía y la belleza. «Es un arte que va
aconteciendo segundo a segundo», nos dice Michelena. «En la belleza de los
cuerpos desplazándose con gracia y con furia, al momento. A esto se suma la
belleza escénica y panorámica –visto el futbol desde la zona de preferencia,
por ejemplo- deja ver la perfección de movimientos en conjunto, donde veintidós
atletas están interpretando aquella estrategia, que puede ser asumida como un
libreto o un guión; una cambiante y explosiva puesta en escena». Este efecto
teatral Michelena lo ve en el gol de Iván Kaviedes que clasificó a Ecuador a su
primer mundial. Así nos narra el escritor la anotación:
Álex, creo que con siete minutos en cancha,
genera ese pase perfecto para Iván (K) que se eleva lo justo y gira, con
exactitud asombrosa, su cabeza para cambiar el vuelo de la pelota y descaderar
al portero uruguayo para sembrarse en las redes. Miren la jugada. Y eso que
acontece ahí y pervive en la memoria, aquello fugaz y efímero se ha vuelto, sin
embargo, eterno o por lo bajo, memorable
para siempre. Suele ocurrir con el arte.
Lo teatral también está en la
forma en la que los jugadores se desenvuelven en la cancha. Sobre todo, en el
fútbol sudamericano. ¿Se han fijado en cómo se lamentan los futbolistas de este
hemisferio cuando son agredidos? ¿Alguien se ha fijado en el número de vueltas
que un jugador da en el césped cuando es violentado por un contrario? ¿Creerán
que ganan más la solidaridad del árbitro mientras más vueltas den? ¿Han visto a
otros que se llevan las manos a la cara cuando el golpe es en el hombro o el
cuello? Es puro teatro latinoamericano.
El fútbol también se parece al
ajedrez, «pero con caballos que sí corren», afirma Galo Mora en una entrevista
hecha por nosotros. «La táctica y la estrategia suelen ser europeos, pero las
locuras son de acá.». Por esto el escritor lojano cita al Pier Paolo Pasolini
en su libro: «hay dos tipos de fútbol, el de la prosa y el de la poesía. Los
equipos europeos son la prosa: premeditada, dura, sistemática, colectiva; los
latinoamericanos son la poesía: dúctil, espontánea, individual, erótica». La
cita del director italiano nos recuerda que las jugadas más líricas del
repertorio futbolístico o de mejor estética (la chilena, la gambeta, las
galletas, los taquitos, el penal cobrado en picada, el tijeretazo, el escorpión)
no fueron acuñadas en Europa. Los expertos siguen discutiendo si la bicicleta y
el gol olímpico son o no de Sudamérica.
En la entrevista Mora nos
recuerda que «el arte también está en las tribunas, en la creatividad de gritos
y burlas». De hecho, en el capítulo VII de su libro nos cuenta un caso de
racismo.
Una ocasión, el encontronazo entre dos
jugadores afroamericanos que representaban los clásicos rivales, dejó la peor
parte para el jugador universitario. En repulsiva, pero humorística
manifestación racista y posesiva, surgió desde la tribuna, la sonora injuria: “Negro
hijueputa, trátamelo bien al moreno”».
Esta anécdota es tan sabrosa
como aquella referida por Eduardo Galeano en El fútbol a sol y sombra, en la que Jorge Enrique Adoum cuenta que
en un partido del inefable papá Aucas se le dedicó un minuto de silencio a la
fallecida madre del réferi. Cuando el hombre del silbato cometió un error,
perjudicando al equipo oriental, alguien de la hinchada auquista no dudó en
gritar: «Huérfano de puta».
2.- El fútbol se presta para
ser literaturizado y el género que mejor le viene es la crónica. Los hechos
acaecidos en el césped o fuera de él son siempre susceptibles de ser narrados y
vueltos a narrar. De hecho, el fútbol es uno de los pocos fenómenos que exige
que se vuelvan a contar los hechos. Uno puede ir al estadio o ver el partido
por la televisión, pero hay una urgencia por volver a contarlo todo, repetirlo
para vivirlo otra vez y recuperar la emoción primigenia. Además, hay algo de
épico en los partidos. La metáfora del futbolista como gladiador o como soldado
tiene una cédula de identidad literaria.
Nos dice Michelena: «son épicas
historias de vida construyendo otras, en cada jugada, en cada resultado, en
cada torneo. Con esos elementos, con adversidad y euforia, con angustia y
acelere, con la sentencia de que nada será igual después de aquel domingo,
claro, uno puede hacer esfuerzos por narrar bellamente historias hermosas en sí
mismo. La vida de uno de estos chicos de El Chota, polvoriento y pobre,
tranquilamente, puede calzar en un capítulo perdido de Luz
de Agosto, del Profesor Faulkner».
3.- El poeta Alastair Raid nos
indica que un «mundial de fútbol es un drama global cuidadosamente ideado,
calculado para llegar a una conclusión que genere si no la satisfacción global,
al menos sí la tranquilad mundial».
Un partido de fútbol tiene
también su estructura dramática. Tiene un planteamiento, un desarrollo y un
desenlace. Esta estructura varía cuando se debe forzar a los dos equipos al
desempate. Goles o expulsiones que suceden al principio del partido pueden ser
categorizados como detonantes dramáticos. Un alargue de tiempos extras será
como dos mini actos y la definición por penales que es la parte climática del
relato. Ni qué decir del entretiempo que es un paréntesis para los espectadores
pero un drama que no vemos.
La forma de actuar de cada
jugador los convierte en personajes de una trama superior. Un puntero mentiroso
o delantero no programado puede ser una anagnórisis. Para usar otro término
aristotélico puede darse la metábasis en un jugador que cambia de personalidad:
al principio del partido es respetuoso con las reglas pero al final, para
mantener el marcador, se convierte en el villano que reparte puntapiés. La
peripecia, otro término de La Poética,
entendida como obstáculo o revés, se puede dar cuando un equipo favorito recibe
goles y tiene el marcador cuesta arriba. Y si estamos tan griegos no sería
improcedente calificar de tragedia un autogol.
Si hablamos de drama no podemos
dejar de hablar de equipos que juegan de manera ruda y antideportiva. Un buen
ejemplo sería algo muy usual en el teatro futbolístico latinoamericano: los
segundos previos a un tiro de esquina en los que vemos como los jugadores se
acarician entre sí, se toman de la camiseta, se abrazan para evitar cualquier
salto. No hay que reírse. El equipo colombiano Once Caldas ganó así una Copa
Libertadores ante el Boca Juniors.
El irrespeto al fair play es un drama barato en el que
se sacrifica la estética del balompié. En la última Copa América, Diego Lugano,
capitán del equipo uruguayo, recibió el premio al mejor practicante del juego
limpio en el torneo. Sebastián Abreu, compañero del equipo charrúa, no tuvo empacho
en hacer una broma certera: «Darle el premio fair play a Lugano es como darle el Premio Nobel de la Paz a Bin
Laden».
Toda esta dramaturgia que
estamos planteando permite a la crónica convertirse en una de las bellas
letras, como hemos titulado este trabajo. Para Michelena se combina «el diseño
de la historia (que puede ser la estrategia del DT), la ejecución de la misma
(que es la trama del escritor). Y el remate, el cierre inolvidable, el acto
final. Que, en este caso, es el gol. Por ahí le veo las cosas, desde la pizarra
del entrenador o desde el escritorio del cronista».
4.- De la dramaturgia nos vamos
a ese otro partido que se vive en los graderíos, ese otro espectáculo que está
listo para ser narrado en las crónicas de fútbol escritas por literatos.
Tenemos la música de las barras, el folclor, la heráldica y otros elementos del
imaginario popular. Peter Handke, autor de la novela El miedo del portero al penalti, destaca el ballet colorido de los
jugadores, los arabescos de los laterales, el desarrollo geométrico del juego,
los saltos de los arqueros… Todos estos elementos los asocia el dramaturgo austriaco
con las artes visuales.
Para el investigador francés Christian
Bromberger también están las banderas, los juegos de bengala, los cánticos, bailes,
disfraces, sonidos de tambores o trompetas en una suerte de opereta popular.
Inclusive hay elementos del folclor, las matracas; de la religión, los
crucifijos; del ejército, los estandartes; de las manifestaciones políticas, la
postura corporal combativa. En la música entonada hay más análisis por aplicar.
Los ritmos y melodías se repiten de un país a otro. De Argentina, por ejemplo, el
número de cánticos reciclados en el Ecuador es realmente alto.
5.- El humor es un elemento
presente en casi todos los textos analizados, sobre todo en los dos escritores
ecuatorianos. Este componente es parte del tono festivo que tiene el fútbol y
la crónica sobre este deporte.
Un ejemplo en Mora es el
capítulo XIII titulado «Nombres, apodos y gentilicios» que trae las formas más
insólitas de bautizar a futbolistas: John Kennedy Minda, Richard Nixon
Carcelén, Leonardo Favio Moreno... Se trae a colación «El hincha», cuento de
Mempo Giardenilli, donde el protagonista se llama Lindor Dell´Orto. Para colmo
bautiza a su hija Dolores lo cual hace hilarante la sola enunciación del nombre
de la niña más el apellido. El autor lojano también cita el caso del entrenador
de ciclismo de los años ochenta, el lituano Algys Mynalga. Cuando éste tuvo que
ser despedido en el aeropuerto después de laborar varios años, el coordinador
de la concentración deportiva de Pichincha comentaba con pesar: «La despedida
fue triste... lloró Mynalga».
En Michelena están frases matizadas
por el humor popular. Hay una referencia a la «cerveza orgánica en funda» que
se arrojan los fanáticos en el estadio. Para hablar de contrataciones fallidas
como las de Rolando Zárate y Marcelo Delgado en Barcelona usa la categoría de
jugador VIP (Very Important Paquetes).
A propósito del desencuentro táctico entre Messi, Agüero y Riquelme en el empate
1 a 1 entre Argentina y Ecuador, el narrador dice que «no se encontraron ni en
los urinarios del Monumental de Núñez». En otro texto se cuenta el origen de la
frase «Al empate, Calceta»: un equipo manabita que perdía once a cero en un
partido intercantonal. Cuando el marcador se puso once a uno fue histórica la
frase de extraño entusiasmo con la que un fanático gritó «Al empate, Calceta».
6.- El discurso de Galo Mora
tiene parangón con los libros de Javier Marías y Juan Villoro, por contener un
manejo intelectual del lenguaje por las referencias cultistas. El discurso de
Esteban Michelena tiene poca o nula relación con lo anterior puesto que,
apegado más a la crónica urbana latinoamericana, se vale de referencias
populares que provienen de la música salsa, la coba y los coloquialismos. A
ratos se permite vulgarismos que bien acerca al autor al título del libro de
Marías, Salvajes y sentimentales.
Esas palabras procaces, en el contexto que se dan, son producto de la
emotividad que produce no el deporte sino el rey de los juegos como le denominó
en su momento Giraudoux. En estos elementos retóricos radica el gran aporte de Pase al vacío.
7.- Finalmente cabe señalar que los libros de los dos
M, Mora y Michelena, ven a la aldea como un microcosmos que es un símbolo de lo
global. El primero desgranando en su libro recuerdos de su Loja natal en textos
como «El nostalgiario», «Hamburgo y el Niño Dios» y «Los hijitos de papel»; el
segundo viendo el barrio como una metáfora del mundo. De hecho la última parte
del libro Esteban Michelena se llama «Mi barrio es el mundo». Mora sin perder
el saco y la corbata de un retórico cultista; el otro autor más cerca del
sentir popular, capaz de un duelo jergal con sus entrevistados. En este
sentido, Michelena se acerca más al decir de Soriano, capaz de realizar magnos
retratos de héroes locales como el Pibe de Oro, Mercedes Ramón Negrete o
Arístides Reinoso. Los equivalentes ecuatorianos los hallamos rápidamente en
los retratos del Zapatón Klinger y Otilino Tenorio de Pase al vacío.
Ya en los minutos de descuento de este ensayo se viene
el balonazo de la última conclusión. Los textos estudiados están
matizados por la nostalgia. Hay una añoranza del pasado futbolístico que radica
en esos héroes que ya no juegan.
Michelena evita términos como nostalgia y saudade.
Prefiere el vocablo malegría,
definida por Manu Chao como «tristeza que se cura con la risa. Una dulce y
amarga sensación que se siente cuando la alegría y melancolía se juntan en una
sola emoción, cuando todo parece ir bien, pero no cómo más nos gustaría».
Michelena confiesa en lo personal tener cada vez más instalada la malegría, «la certeza de que todo está
quedándose fuera de juego. He ido, con mis hijos, a los paisajes de la
infancia. Y no queda nada. Ellos heredan una cancha bombardeada, así que
infelizmente casi no podrán jugar. ¿Teníamos que reventarlo todo? ¿Los sub 20
del futuro deberán reconocer su país en vídeos?».
Mora afirma en el prólogo de su libro, por algo
subtitulado «Memoria y fútbol», que no cree «en la conjugación histórica del
pasado perfecto, quizá, más bien, una regresión secreta para dibujar un fresco
histriónico y lúdico de la nostalgia». También es «un homenaje a la memoria
individual socializada que se opone a la cultura del olvido». Mora combate «el
recuerdo literal, las víctimas de las clínicas de la nostalgia freudiana» y
apunta más a «la memoria literaria y filológica», según sus palabras.
Dos cosmovisiones, dos discursos distintos, «la misma
pelota que va girando igual que gira la vida», como dice Soriano. La misma
cancha de las bellas letras. Si al principio consignamos la cita de Valdano del
fútbol como lo más importante de las cosas sin importancia, habría que
preguntarse si el fenómeno globalizador
no lo convierte en lo más importante de todas las cosas. Para muestra el
impacto mediático nacional por los dos mundiales a los que asistió nuestra
selección.
Cerramos con palabras del mismo jugador argentino: «La literatura no es más que un juego y el fútbol es otro
juego. Y hay algo de redundancia en eso de escribir sobre fútbol. Es muy
difícil recrear un juego desde la literatura. Es como si el fútbol admitiera
más las distancias cortas que los grandes relatos épicos porque, para relato
épico, el partido mismo».
El término «épico» nombrado por el
jugador-escritor argentino nos remite a gestas homéricas y por ende al terreno
de lo marcial. El campo de juego también puede convertirse en un espacio donde
se resuelven simbólicamente conflictos políticos: los duelos Argentina versus
Inglaterra y Ecuador contra Perú resultan ilustradores de este precepto
belicista.
«Es obvio que las guerras del fútbol»,
dijo el humorista mexicano Abel Quezada en los años noventa del siglo anterior,
«si bien menos grandiosas, son tan serias como las reales. Pero tienen una
ventaja: que son más divertidas. El Consejo de Seguridad podría organizar un
juego solemne entre Israel y Egipto… montaríamos con enorme éxito el torneo
Mercado Común, y un encuentro entre Vietcong y Vietnam del Sur, con El
Salvador- Honduras como abrebocas». Ojalá fuera tan fácil pero queda solo en
una quimérica humorada.
A veces la puesta en escena puede ser
realmente de crónica roja como un patéticamente célebre partido entre Barcelona
y Liga de Quito en el estadio de este último que dejó narices rotas, costillas
y clavículas destrozadas, patadas en el piso... El argot futbolístico tiene una
forma ya común de hablar de estos incidentes. Batallas campales, se llaman, no
distintas de las gestas medievales. Si vamos a los desmanes de hinchas no se
puede dejar de mencionar a los hooligans y las muertes causadas tanto dentro
como fuera de Inglaterra.
Si el relato oral de un partido es
efímero, el cuento o la crónica literaria logran que el mismo sea disecado en
el museo de lo literario. Si la realidad de un partido es transitoria, ésta es
eternizada por el escritor o el cronista con la riqueza de los tropos. Aquello
que en la cancha se ve como una burda guerra o una lucha cuerpo a cuerpo la
magia de la literatura puede llegar a reinventar todo lo que pasa en el césped.
Tanto fútbol como literatura tienen estructura lúdica, pero son juegos a muerte
muy serios. El miedo del portero al
penalti es algo que puede ser traspuesto al temor del escritor o cronista que
tiene enfrente el desafío de recrear literariamente «ese pensamiento que se
juega» como le llama Kundera al fútbol.
BIBLIOGRAFÍA
GARCÍA CANDAU, Julián, Épica y lírica del fútbol (Alianza
Editorial, Madrid, 1996).
MICHELENA, Esteban, Pase al vacío (Paradiso Editores, Quito,
2010).
MORA, Galo, Un pájaro redondo para jugar (Eskeletra,
Quito, 2002).
MARÍAS, Javier, Salvajes y sentimentales (Aguilar, Madrid, 2000)
VÁSQUEZ MONTALVÁN, Manuel, Fútbol: una religión en busca de un dios (Debate,
Madrid, 2005).
VILLORO, Juan, Dios es redondo (Anagrama,
Madrid, 2006).
SORIANO, Osvaldo, Piratas, fantasmas
y dinosaurios (Norma, Buenos Aires, 1996)
REID, Alastair, Ariel y Calibán
(Tercer Mundo Editores, Bogotá, 1994).
VALDANO, Jorge, Los cuadernos de Valdano (El
País-Aguilar, Madrid, 1997).
